Como un viejo amigo

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Mi padre regresó de la muerte una noche y me dijo: -No puedo estar muerto.

Embajador del alba, papá trabajó toda su vida como peón de campo. Trabajó sin tregua y sin descanso para que a sus hijos nunca nos faltara el pan ni el libro.

Con el paso del tiempo, obtuve una beca y estudié ingeniería, pero cuando al fin me recibí y empecé a ganar un poco de plata, ya era tarde para cumplir el sueño de mi viejo. Murió de pulmonía, por culpa de la nueva máquina cosechadora con aire acondicionado que los gringos importaron de Estados Unidos.

Lo sepultamos en el cementerio de los desheredados. A lo mejor, él hubiera querido confundirse con la tierra de la que fue parte, aunque no dueño.

¡Él hubiera querido tantas cosas!

Cuando era chico, me hablaba de sus sueños. La áspera caricia de su voz, el movimiento de sus manos, hacían surgir del aire castillos y dragones, barcos en busca de tesoros ignotos e islas de misterio; sus ojos parecían horadar la distancia.

-Mi sueño es ver el mar -decía. -Y sentirme pequeño y, de repente, darme cuenta de lo grande que soy.

Papá decía que debíamos ser realmente importantes y valiosos para Dios, si Él se había tomado el trabajo de crear tanta belleza para nosotros.

Y soñaba, soñaba... Mientras las mieses ondulaban hasta el borde mismo de la creación.

A veces, a lo lejos, vislumbraba algo que podía ser un hilo de agua, una cinta de océano, donde se escondía el sol.

Por eso, más que pavor sentí tristeza cuando papá apareció en medio de una noche de tormenta, al mejor estilo Hitchcock, con un ramalazo de aire frío que revivió las últimas ascuas del fuego, y su voz tan querida retumbó en la habitación:

-Hijo, no puedo estar muerto, porque morí sin ver el mar.

Ante mis ojos asombrados, se sentó en su sillón favorito y me preguntó:

-¿Queda algo de tabaco?

Comencé a buscar en forma frenética su antigua pipa en todos los rincones.

-En el segundo cajón del aparador –avisó.

-Papá, ¿estoy soñando? –pregunté mientras él desparramaba los fósforos sobre la alfombra y lograba encender la pipa al tercer intento.

-No que yo sepa. Pero no hay mucha diferencia entre esto y lo otro.

-No entiendo nada.

-Bueno, no es para preocuparse ni tampoco para entenderlo. En rigor, estoy muerto, pero me dieron una especie de licencia.

-¿Cómo? ¿Por qué?

-En la muerte no hay mares.

-Me estoy volviendo loco, pero no importa. Viejo, me alegro de verte. Supongo que los mares terrestres se ven desde muy lejos.

-Sólo son proyecciones, imágenes, como hacer el amor con una mujer que vive en un espejo.

-¿Y entonces?

-Necesito verlo, respirarlo, caminar por la arena, avistar las gaviotas, los barcos...

-Bueno, ¿de cuánto tiempo dispones? Son seiscientos kilómetros.

-Yo tengo tiempo, ¿y vos?

-Dejáme hacer unas llamadas y salimos.

Así emprendí el viaje más insólito de mi vida.

-Hijo, me gusta tu auto. (Siempre fiel a las normas, se abrochó el cinturón de seguridad).

Cada tanto, extendía mi mano y lo tocaba. Sólido y cálido.

Nos detuvimos a comer. Él pidió lo de siempre: lomito con salsa roja muy picante y cerveza negra.

-Veo que seguís teniendo hígado de buey y estómago de foca.

En cambio, yo no pude comer por la emoción. Él tardó mucho tiempo porque saboreó cada bocado, pero antes, dedicó varios minutos a la contemplación del sandwich, como si se hallara en el Louvre frente a una obra de arte. Creí estallar de pura felicidad al verlo comer y eructar satisfecho.

Seguimos viaje.

¿Quién va a creer que las horas más felices de mi vida las viví con mi padre muerto?

-¿Parece que hay alguien bueno allá arriba, no?

-Parece –contestó lacónicamente.

-¿Cómo es allá?

-No tuve tiempo de ver demasiado. No está mal excepto que...

-No hay mares –completé.

-Ajá.

-Papá, casi llegamos.

Los últimos kilómetros los hicimos en silencio. Mi coche bien podría haber sido una catedral, una nube, un útero, tal era la sensación de irrealidad que me invadía. “No estoy acostumbrado a ser feliz, eso es todo.” –pensé. “En cualquier momento voy a despertarme.”

-Ahí está el mar.

-Sí, también parece un sueño, pero está ahí –dijo mi padre, y se bajó del auto que yo había comprado con tanto esfuerzo, pensando que él nunca viajaría conmigo ni me vería convertido en un hombre.

-Siempre estuve orgulloso de vos.

Las palabras que nunca se dijeron, las palabras que nunca nos dijimos, ya no hacían falta, no porque fuera tarde, nunca fue tarde, porque siempre habría tiempo.

Papá se fue caminando hacia las olas, con la sonrisa de un niño.

El mar salió a su encuentro y lo abrazó como a un viejo amigo.