Apología de la Pasión

Inédito

Apología de la pasión

 

 

Mi profesor profesor de Latín siempre decía: “A las cosas hay que hacerlas con pasión”. Y no se refería únicamente al estudio de los seis casos de la declinación latina. Creo que apuntaba a una manera de actuar, a un modus vivendi, donde la indiferencia y la resignación no tendrían cabida. Una lección difícil. No es una tarea sencilla ganarle terreno a la apatía –que justamente significa “sin pasión”- para sembrar una verdad que no carezca de ilusión, una lucidez que no recurra constantemente a la ironía, una esperanza que a la luz del día no se convierta en desesperación.

La apatía parece ser la enfermedad endémica de nuestro tiempo. Tiempo de abulia, abandono, dejadez, inercia, desidia... En el diccionario abundan los sinónimos; en la plaza, los chicos que toman cerveza y se drogan;  en la escuela, las hojas en blanco, los profesores que faltamos por depresión  y por estrés;  en el país, los expatriados de sus propios sueños...

¿Es la crisis el común denominador de todos? ¿Nos transmitimos unos a otros la apatía?

En África, la enfermedad endémica es la rabia. Los animales salvajes pueden tenerla, pueden transmitirla, sin padecer ellos mismos la enfermedad. Tal vez ello se debe al hecho de que, a lo largo de su vida, se ven expuestos permanentemente a ella en pequeñas dosis. Un animal puede vivir toda su existencia y morir a una edad avanzada sin experimentar jamás los síntomas de la rabia. Pero puede morder a otro animal, y éste sí se vuelve rabioso. He leído que si un animal es transmisor de la rabia, es decir, si tiene la enfermedad pero no presenta ninguno de los síntomas, es posible hacer que estos afloren a la superficie sometiéndolos a un estrés severo. En el caso de los animales salvajes, basta con meterlos en una jaula, o privarlos de comida y de agua.

¿Por qué menciono esto? Porque últimamente pienso  en el hombre como un ser atrapado, privado de lo elemental,  un ser que se acomoda lo mejor posible en su prisión cotidiana, dando por sentado que de sobrevivir se trata. “Las cosas son así. Es la crisis”. Y comparte su pan ganado sin pasión y sin poesía, transmite y legitima  su no ver más allá, su olvido de sí mismo.

Y vamos cada vez más desganados a trabajar, a estudiar,  a dar clase a los chicos que se olvidaron de la carpeta y miran con anhelo la ventana. Todos queremos escapar de algún modo. Todos estamos en el límite de faltas.

¿Es la crisis, la tan mentada crisis, la que crea tantos puestos ficticios donde ejercer la mediocridad con temible eficacia, la  que corta nuestras rutas interiores, por donde transitan las ganas de crear y de ser libres y de ser mejores?

Yo quiero que mi pan tenga sabor, que el reloj despertador no me avise que llegó la hora de ponerme el escudo,  el apero o la máscara. Quiero impartir conocimientos pero también infundir esperanzas, porque ¿qué es el conocimiento sino esa pregunta que nos hacemos a nosotros mismos, y qué es la esperanza sino esta lucha por salir de la depresión y “hacer las cosas con pasión” (magister dixit)?

Entonces, ¿qué les parece si gestamos una campaña de movilización de neuronas y restauración de sueños, y recurrimos al arsenal de  esperanzas, ideales y afectos para declararle,  desde adentro, una guerra sin tregua a la apatía?

¡Seamos subversivos! Subvertir significa trastornar, revolver, cambiar el orden constituido. Y ya es hora de que tratemos de subvertir la dominación del desaliento, de la autodestrucción, de la costumbre de darnos por vencidos.  ¿No creen que ya es hora de empezar a caminar, de golpear puertas, de derribar muros?

¿Quién se anima? ¡Seamos transgresores! ¡Violemos esta ley paralizante!

En esta época de crisis de valores humanos y afectivos, el que cree en algo, el que quiere a alguien y lo demuestra, el que tiene un sueño y pone todo de sí para cumplirlo, es el verdadero trasgresor.

En esta época de indiferencia, de caretaje, de marcas, el verdadero subversivo es el que escribe una canción y se desgarra la garganta de tanto cantarla con pasión en el estadio de la crisis.

En esta época de transar, de touch and go, de curtir, y después, si te he visto no me acuerdo, el verdadero revolucionario es el que se muere de amor.